Atractivos Turísticos / Turismo Rural

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Las Cuevas y su Éjido

Orígen del nombre:
Proviene de una leyenda. Se dice que había allí una gran piedra de casi cincuenta metros de largo que tenía un hueco debajo.
Allí se escondía un tigre, que en cierta oportunidad devoró a un poblador. Una vez cazado el animal se encontró dentro de su estómago el anillo del infeliz.
Desgraciadamente una empresa privada llegó hasta “La cueva del tigre” y dinamitó la gran piedra para utilizar los fragmentos de la misma en construcción.

Historia:
Según documentación facilitada por el señor Ricardo César Brumatti, podemos leer que en 1879 un grupo de empresarios, con apoyo de vecinos y comerciantes, de Colonia Cuevas piden “la colonización del paraje”.
“De los sesenta pobladores sólo siete, "tienen títulos de propiedad de sus tierras” dice el documento (Gobierno, serie 12, carpeta 1, Diamante AGPER).
En 1880 la Colonia Cuevas, ya tiene asignado por el Gobierno “un perímetro de dos leguas cuadradas” y se fundamenta tal decisión en “la inmejorable posición topográfica, con un puerto sobre un brazo del río Paraná, donde pueden arribar buques a cargar sus productos... también ha habido una calera que podría explotarse nuevamente.”
El afianzamiento en el lugar, de éste grupo poblacional, también tiene mucho que ver con el cultivo extensivo de los campos de la zona y la consecuente instalación de un puerto con dos galpones para el acopio de granos y un muelle-atracadero.
En la primer mitad del siglo XX, la explotación agrícola de la familia Espíndola (Estancia “El Retiro” de cinco mil hectáreas de extensión) que tenía arrendada varias parcelas de tierra a más de cien colonos, le imprimió al lugar un alto grado de dinamismo.
Según nuestro relator calificado, señor Nalib Pocho Chemes, oriundo del lugar, en la década del ’20 había en éste paraje alrededor de veinte casas, aproximadamente cien personas que trabajaban en la labor agrícola (peones) o eran puesteros en las islas (Pre-Delta), pescadores, hacheros, vendedores de cueros y pieles (carpincho, zorros, nutrias).
Luego cuando la agricultura amainó, alternarían con el trabajo golondrina hacia Coronda (cosecha de la frutilla) y Balcarce (cosecha de la papa).
Es destacable comentar que la familia Espíndola contaba con un barco propio para sacar la cosecha del lugar.
Este gran emprendimiento familiar también incursionó en otros rubros: instalación de una calera y una pesquería (en la isla) donde se producía aceite.
El poder de este mega-emprendimiento rural generó algo usual en esos tiempos: la obligación del peón de gastar su jornal en la despensa del patrón.
Tendríamos que reflexionar sobre las dimensiones espacio-temporales del trabajo agrícola: dos meses de arado y cultivo y otros dos meses de cosecha, tiempo que se puede acortar o extender según el tipo de cultivo.
En los “buenos tiempos” se hacían presente de seis a diez trilladoras que ocupaban veinticinco trabajadores cada una, es decir, un promedio de doscientos puestos de trabajo por cosecha (solamente en las máquinas).
Quizá el “Emporio” de don Antonio Chemes, creció a partir de la violación del monopolio Espinosa por parte de consumidores cautivos y de la fabulosa inyección de dinero que generaba éste polo productivo.
Para entender la magnitud de este “Emporio” o primer “Almacén de ramos generales” en Las Cuevas, podemos referirnos a las palabras de nuestro relator: ...“El emporio abastecía, además de su clientela, a quince almacenes de campaña. Se vendían monturas completas, pecheras, trampas para cazar animales salvajes, leña clasificada, todo tipo de ropas y vestidos (percales, trajes, sombreros, etc.), pieles de zorro, nutria, cereales en bolsas...”.
Este gran almacén llevaba una contabilidad que se basaba en la confianza: el crédito se hacia en una libreta, donde se anotaba el fiado.
El “Emporio” finalmente dejó de ser un negocio, a partir de las corridas inflacionarias de la economía argentina en la década del sesenta.
La década del ’60 trae el asfalto, la luz, el agua, el teléfono... a las Cuevas.
También la preocupación de las Monjas de la congregación “Misioneras Siervas del Espíritu Santo” que impulsan la educación a través del levantamiento de escuelas de gestión privada (primero en las islas y luego en Puerto Las Cuevas).
Las monjas llegan a Diamante en 1899 desde Holanda. Ya en 1895 habían llegado cuatro monjas de la misma Congregación a la colonia Valle María. ...“Nos costó mucho entrar en ésta comunidad: "Diamante era un pueblo de masones”... nos cuenta la Hermana María Antonia.
La modernización ayudó a afianzar en su terruño a los cueveros que, sin embargo, han ido emigrando, principalmente a la ciudad cabecera de departamento, a tal punto que, algunos, arriesgan a decir que “el 20 % de la población de Diamante son cueveros” (en la ciudad son muy recomendadas las jóvenes de las Cuevas para el servicio doméstico).

Ubicación:
Ubicada a ocho leguas al sur de la ciudad de Diamante, y a 70 kilómetros de la capital entrerriana, a unos 4.000 metros desde el acceso a la Ruta Provincial 11.

Descripción:
Se destaca por la zona costera del puerto y por sus bellezas naturales como cerros, vertientes, grandes arboledas que caracterizan al lugar.
La zona costera ofrece una planchada de cemento que es el lugar de encuentros de los pescadores, acopiadores, de quienes se preparan para ir isla adentro en sus lanchas para pescar.

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